Hay momentos en tecnología en los que uno siente que se quedó atrás durante un fin de semana. El viernes todavía estábamos tratando de entender una idea, el lunes aparece otra etiqueta que promete superarla y, antes de que podamos probar si algo cambió de verdad, ya hay cursos, diagramas, manifiestos y perfiles profesionales alrededor del nuevo término.
Arranca 2026 y los números son contundentes: la mayoría de los proyectos agénticos no llega a producción, y los analistas coinciden en que el problema no es la tecnología sino la forma en que la usamos. Lo curioso es que esto ya lo habíamos pensado acá, en un blog de reflexión, hace más de un año. No para decir ’te lo dije’, sino para preguntarnos algo más útil: si el camino se veía venir, ¿cómo lo torcemos para aprovechar de verdad lo que estos agentes pueden dar?
Si 2024 fue el año en que la IA dejó de ser novedad y empezó a pedir madurez, 2025 fue el año en que se volvió plural: muchos modelos, muchos orígenes, muchas geografías, muchos precios. Y esa abundancia cambió el problema. Cuando hay tanto para elegir, el diferencial deja de ser el acceso a la mejor herramienta y pasa a ser el criterio para usarla. Un balance del año mirando el mundo, y mirándonos a nosotros desde el sur.
En marzo escribí sobre el vibe coding en pleno auge. Cuatro meses después, con el ruido más bajo, se puede empezar a separar lo que era hype de lo que era señal. La idea perdurable: las modas técnicas no son ni la revolución que prometen ni el fraude que denuncian sus críticos; dejan un residuo útil cuando una tiene la paciencia de esperar a que baje la espuma.
En la carrera por usar el modelo de IA más potente, solemos olvidar una pregunta sencilla: ¿lo necesitábamos? Elegir el modelo adecuado para cada tarea, en lugar del más grande por defecto, no es solo ahorrar dinero. Es una forma de responsabilidad técnica que tiene consecuencias económicas, operativas y ambientales. La eficiencia dejó de ser un lujo de optimización para volverse parte del criterio.
Hace medio año los agentes eran una posibilidad técnica prometedora. Hoy empiezan a correr tareas largas y autónomas en repositorios reales. El entusiasmo está justificado, pero la lección no cambió: cuanto más potente es lo que delegamos, más cuidado necesita el arnés con que lo conducimos. La capacidad creció; la responsabilidad de gobernarla, también.
El vibe coding me cambió la forma de ver el desarrollo de software. Pero el mismo día que me deslumbró, también vi el problema: sin versionado de especificaciones, sin organizar qué queremos que haga la IA, y especialmente al trabajar en equipo, esta forma de programar puede volverse un caos difícil de gobernar. No estoy en contra. Estoy a favor de entenderlo antes de que nos arrastre.
DeepSeek no es importante por ser un modelo más. Es importante porque, en pocos días, puso en duda varias certezas que la industria repetía como verdades fijas: que hacía falta un presupuesto enorme, que el liderazgo estaba donde siempre había estado y que la fuerza bruta era el único camino. La lección no es sobre un modelo, es sobre cuánto de lo que creemos saber es en realidad un supuesto heredado.
2024 no fue solamente otro año de novedades en inteligencia artificial. Fue el año en que empezamos a ver con más claridad que la IA aplicada necesita madurez: buenos datos, contexto, seguridad, resiliencia, arquitectura y liderazgo técnico.
La inteligencia artificial empieza a dejar de ser solamente una caja de texto para convertirse en una herramienta capaz de planificar, usar software, navegar, escribir código y ejecutar tareas. El desafío no es solo técnico: también es de arquitectura, seguridad, criterio y responsabilidad.