Si 2024 fue el año en que la IA dejó de ser novedad y empezó a pedir madurez, 2025 fue el año en que se volvió plural: muchos modelos, muchos orígenes, muchas geografías, muchos precios. Y esa abundancia cambió el problema. Cuando hay tanto para elegir, el diferencial deja de ser el acceso a la mejor herramienta y pasa a ser el criterio para usarla. Un balance del año mirando el mundo, y mirándonos a nosotros desde el sur.
La deuda técnica no se elimina, se administra. Y administrarla bien es parte del oficio de cualquiera que lidere tecnología. Quiero pensarla en sus tres formas —la que se ve, la que se esconde y la que heredamos— y en la conversación más difícil de todas: explicarle al negocio por qué a veces hay que frenar para pagar algo que no se ve.
En marzo escribí sobre el vibe coding en pleno auge. Cuatro meses después, con el ruido más bajo, se puede empezar a separar lo que era hype de lo que era señal. La idea perdurable: las modas técnicas no son ni la revolución que prometen ni el fraude que denuncian sus críticos; dejan un residuo útil cuando una tiene la paciencia de esperar a que baje la espuma.
En la carrera por usar el modelo de IA más potente, solemos olvidar una pregunta sencilla: ¿lo necesitábamos? Elegir el modelo adecuado para cada tarea, en lugar del más grande por defecto, no es solo ahorrar dinero. Es una forma de responsabilidad técnica que tiene consecuencias económicas, operativas y ambientales. La eficiencia dejó de ser un lujo de optimización para volverse parte del criterio.